Nuestra sociedad se empeña en encasillarnos. La clasificación es uno de los nuevos paradigmas en el siglo XXI. Por género, por edades, por aficiones… El Mercado nos cuadricula y hasta las redes sociales segmentan nuestras acciones.

Y yo, sin embargo,

cada vez creo menos en las etiquetas

Pienso que las etiquetas, especialmente en educación, son limitantes y perjudiciales, sobre todo, si llevan carga negativa. Desgraciadamente, nuestro Sistema Educativo etiqueta al alumnado al asignarles notas y al compartimentarlo en cursos, recursos, resultados y optativas, lo cual me parece una paradoja si tenemos en cuenta que de lo que se trata es de potenciar lo mejor de cada persona.

Ya no es enseñar, es que cada alumno desarrolle aquello para lo que sirve. Dicho en palabras técnicas de hoy en día, ya no es adquirir conocimientos sino desarrollar las competencias de cada uno, así que no entiendo cómo, sin embargo, se perpetúan las etiquetas de siempre para calificar (descalificar) al alumnado.

“No sirves”

“Eres un vago”

“No llegarás a nada en la vida”

AUTOCONCEPTO LIMITADO

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Son muchos los alumnos que reciben, a lo largo de su vida académica, frases de este tipo, hasta el punto de que se les etiqueta con palabras tan desafortunadas como fracasados, zánganos, irresponsables o espesos y terminan por actuar tal y como les dictan esas mismas etiquetas.

Es cierto que la sensibilidad del profesorado cada vez es mayor y que, afortunadamente, aquellas ofensivas frases de otras épocas han ido desapareciendo de las aulas, pero es el propio Sistema el que en ocasiones clasifica al alumnado con expresiones limitantes más o menos disimuladas.

Está demostrado que los mensajes negativos no sólo no ayudan en el aprendizaje, sino que lo entorpecen; de igual manera que las etiquetas destructivas acaban minando la autoestima, cuando no creando un autoconcepto limitado. Un niño o adolescente que reiteradamente recibe frases limitantes será una persona limitada; si recibe mensajes frustrantes, no creerá en sí mismo; si se le recuerda que no es responsable, jamás adquirirá responsabilidades.

La idea parece obvia, pero no ha calado en nuestro Sistema. Parece mentira que la Escuela (como institución) siga basándose en principios decimonónicos y no comprenda que sólo desde la empatía, la confianza, el vínculo y la gestión de las emociones se aprende y se crean personas capaces para la vida adulta, y que para que esa empatía, esa confianza, esos vínculos sean eficaces, tienen que basarse en expresiones positivas, en etiquetas constructivas, en un lenguaje motivador.

¡Tan importante el lenguaje con el que educamos!

LOS NO-ETIQUETABLES

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Como escritor, a veces me etiquetan de autor de novela negra y me invitan a jornadas de novela negra; en otros casos dicen que soy escritor de novela histórica, y me invitan a foros de novela histórica. O bien me tildan de escritor de humor por mis primeros títulos, y me invitan a eventos de humor. Pero, sobre todo,  me invitan a encuentros de autores de narrativa, que es ese cajón de sastre en el que se mete a los no etiquetables. Y es que como escritor, quizá lo que más me caracteriza es no tener etiqueta. O bien la capacidad de tener tantas etiquetas, que en realidad ninguna me define.  Y lo asumo. Me divierte y me ayuda a crecer como artista.

Pues bien, como educador entiendo que cada alumno podría tener tantas etiquetas como quisiéramos. ¡Y etiquetas positivas! ¿Por qué solo una y además negativa? ¿O es que si se es vago ya no se es nada más? ¿Y por qué ser vago es un defecto? ¿Y si en lugar de vago lo que sucede es que no tiene ningún interés por lo que se le presenta? ¿Y si la vagancia es solo fruto de la falta de motivación? ¿No se puede ser vago y, a la vez, comunicativo o creativo o solidario o sensible…? A veces, parece que no; parece que si un alumno tiene la etiqueta de vago, ya solo será vago, y el Sistema se lo recordará una y otra vez.

Lo mismo sucede si alguien es “malo para las matemáticas”; se lo repetiremos hasta que acabe creyéndose que lo es, y que, por extensión, lo será para todo cuanto tenga más de tres cifras. O que es “charlatán”, como si serlo fuera una cualidad negativa. Lo mismo sucede con el consabido, “no puedes estarte quieto”.

ETIQUETAS BUENAS

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Eso, por no hablar de que cuando decimos a un niño o a un adolescente (en general, a cualquier persona) que “es” tal o cual etiqueta, le estamos privando de la posibilidad de cambiar. No “eres” irresponsable; mejor decir “has cometido una irresponsabilidad”. No “eres” vago; mejor, “en esta ocasión, no has cumplido tu trabajo”. No “eres” egoísta, sino “tu acto no ha sido solidario”. Si decimos a alguien que “es”, lo estamos limitando. Si le repetimos a lo largo de su escolaridad miles de veces que “es” esto o lo otro, se lo acaba creyendo. Y vuelvo a decir: qué importante es el lenguaje a la hora de educar.

¿No se puede ser vago y, a la vez,

comunicativo o creativo o solidario o sensible…?

¿Etiquetas? En todo caso buenas, estimulantes, que reconozcan aquellas competencias en las que sí es bueno el alumno, en lugar de aquellas que le repiten en qué (todavía) no. Más vale un “te ayudaré a conseguirlo” que un “nunca serás nada”. Mejor un “inténtalo” que un “no lo vas a entender”.

Apostemos por el vínculo, por la empatía, por la recompensa. Mejor un “espero mucho de ti” que un “tú seguro que no lo haces”; mejor un “la mayor parte del tiempo de clase de hoy has atendido, enhorabuena” que un “la mitad del tiempo has estado en la luna”.

¿En la luna? ¡Ojalá! Ojalá viajes a la luna para escapar del tedio al que les sometemos durante 7 horas escuchando cosas que no les interesan. Mejor un “ánimo, vas a mejor” que un “a ver si no te duermes en los laureles”; mejor un “confío en ti” que un “no me falles”. ¡Es tan ilusionante usar el lenguaje para tender puentes! ¡Tan posibilitador! Mejor un “a ver cómo lo solucionamos juntos” que un “a ver cómo sales del problema”; mejor un “tienes talento para el dibujo” que un “todo el día haciendo dibujitos”.

¡Ah, las palabras en educación!